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El espacio protegido del diálogo. Cap VIII


   



Capítulo VIII

 



EL DIÁLOGO





En buena parte de este libro nos hemos dedicado a explorar y definir las variadas modalidades y consecuencias de la comunicación deficiente. Muchas familias y parejas después del matrimonio –ya lo hemos mencionado– pueden contar con los dedos de sus manos las ocasiones donde existió una comunicación realmente significativa, honesta, cercana y a la vez libre. Conforme transcurre una relación, las ocasiones de comunicación significativa se van haciendo menos y menos frecuentes.



 

Una primera reacción ante las relaciones familiares tan cotidianamente pobres, nos conecta con el pesimismo. Para donde volteemos encontramos una comunicación deficiente cuando no miserable y francamente destructiva. Qué difícil parece ser cambiar lo adictivo y lo automático de las relaciones humanas; qué difícil es verdaderamente escuchar especialmente a aquellos que más queremos. Cómo zafarnos del dolor que provocamos y nos provocan, con las triangulaciones y los “acting outs”, nuestros seres cercanos. ¿Quién se escapa? De pronto parece inevitable sentirnos prisioneros –“atrapados y sin salida”– de esos estados primitivos, repetitivos, mecanizados, automáticos.



En este último capítulo de síntesis, elaboraremos aún más y recapitularemos sobre lo ya expuesto en los anteriores: Ante el acting out, la triangulación, el conflicto, la crisis, etc., compartimos nuestra alternativa esperanzadora, poderosa y viable para la promoción de la salud mental; compartimos nuestra confianza básica en el diálogo promotor de la familia, del desarrollo de la conciencia y de la inteligencia emergente.



Diálogo versus debate: David Bohm y Juan Lafarga desde diferentes perspectivas han señalado la diferencia y contraste entre las dos maneras clásicas de intercambiar información de los seres humanos. El diálogo versus la controversia o debate.



El debate es el instrumento donde chocan argumentos y predomina la consigna de cambiar al otro. En la construcción de un sistema democrático, el debate es un ejercicio muy socorrido supuestamente dignificante y esclarecedor. Sin embargo, el debate representa en el fondo un pobre modelo de relaciones humanas; implica una lucha por ganar aprobación pública a través de convencer, persuadir, disuadir, etc. Debatir es un deporte practicado en un mundo impregnado por la cultura de la competencia cuyo objetivo principal es derrotar al adversario con argumentos. El debate busca, en otras palabras, cambiar al otro que está “equivocado” –a quien por supuesto al estar en el error, hay poco que escucharle y mucho que rebatirle–. Una pobre caricatura del debate se puede observar en los intercambios verbales de las cámaras legislativas donde –basta observar el canal del congreso mexicano o de cualquier otro país– cuando un legislador está en tribuno exponiendo sus ideas, muchas veces de manera agresiva y descalificadora, otros miembros de la audiencia aparecen en pantalla en pleno acting out. En una práctica descaradamente normal del diálogo legislativo (sic) y del quehacer democrático, los diputados y senadores, representantes del pueblo, platican campantemente entre sí, hablan por su teléfono celular, dan la espalda, se duermen y hasta mastican chicle, mientras un compañero generalmente del otro partido expone sus ideas.



El espacio protegido del diálogo, desgraciadamente nada tiene que ver con la práctica legislativa. El verdadero diálogo, tal como lo entienden Bohm y Lafarga, implica una renuncia a cambiar al interlocutor y en lugar de ello, se concentra exclusivamente en entender su significado y su experiencia. Finalmente, en un intercambio interper-sonal al practicar el debate o el diálogo, los interlocutores –legisladores, pueblo, empleados o directores, padres, esposos o hijos– toman una decisión, conciente o inconcientemente, de profundas implicaciones:



Pone su energía y su atención ya sea en cambiar al otro o en entrar a su mundo y entender su experiencia.



En el debate la solución que se quiere imponer generalmente se lleva preparada desde antes de iniciar el intercambio; el diálogo, por otro lado, se inspira en un paradigma totalmente diferente: el paradigma del cambio transformacional de Mahrer (1997, 2003):



 La dirección del cambio aparece durante el proceso

  

En el contexto educativo, por ejemplo, a menudo se reportan casos de maestros que llevan a cabo con regularidad la versión escolar de los espacios protegidos del diálogo: “Los Círculos de Aprendizaje Interpersonal”. Después de algunos meses de dicha práctica del CAI en escuelas públicas de estado de Guanajuato, es notable la transformación de la conciencia de los participantes –alumnos y maestro–; Al poner la energía y la atención no en cambiar al prójimo, sino en entenderlo, poco a poco se va transformando la manera de percibir al “otro”, de entenderlo, de relacionarse entre sí, de manejar sus conflictos, de dejarse de hostigar mutuamente, etc. En la programación de dichas actividad no hay un plan específico de mejora continua, de reducir la violencia, de erradicar errores, ni de establecer metas e indicadores, ni cosa por el estilo, sin embargo, la transformación se va gestando desde un lugar diferente: el intercambio respetuoso de experiencias. La práctica regular de las reglas básicas del diálogo –un tiempo para hablar y un tiempo para escuchar– va haciendo emerger un “sistema inteligente”. Estos cambios tal vez no aparezcan, o tal vez sí, reflejados en las pruebas nacionales de evaluación del desempeño académico, sin embargo, el maestro en su corazón sabe que su trabajo está haciendo la diferencia en el desarrollo de sus alumnos como personas.





Dialogar y poner límites: Algunos lectores tal vez se pregunten sobre las medidas correctivas necesarias en algunos de los casos “donde el otro manifiesta conductas reprobables” que “requieren urgentemente” por parte del ofendido, –un padre, una madre, un esposo, un maestro, la autoridad, etc.– de límites, sanciones y otro tipo de “consecuencias disciplinarias” Existen numerosas obras relacionadas con la manera de poner limites, de ser consistentes, de atreverse a disciplinar, a ser asertivo… “porque soy tu padre, no soy tu cuate”, etc., etc. Nuestra propuesta, representa un enfoque alternativo, de integración no de exclusión. No sugerimos que los padres y esposos renuncien a poner límites y consecuencias. ¡Desde luego que no! Creemos que el aprendizaje de la responsabilidad consiste precisamente en enfrentar “la consecuencia de mis actos”: Cuando robo, puedo ir a la cárcel o ser llevado a procesos legales y demandas, cuando miento, es posible que a los demás les cueste trabajo creerme en le futuro, etc., etc. La necesidad de tomar medidas ante los actos del otro, aunque no es algo mayormente tratado como tema en este libro, sabemos que ha de ser aplicado con consistencia, sin culpas y en el momento correspondiente. La consistencia se logra cuando un padre de familia le dice a su hijo “si repruebas te cambio de escuela o te pongo a trabajar…” y lo hace; Cuando una esposa le dice a su marido “si me sigues gritando me bajo del auto…” y lo hace, “si me vuelves a golpear te demando” …y lo hace; “si vuelvo a saber de una aventura tuya, demando divorcio… y lo hace, etc. Sin embargo, mientras no llegue el momento de despedirse de una relación y ésta siga viva, el momento de “aplicar consecuencias” ha de hacerse no en lugar de, sino además de la práctica de la escucha en un espacio protegido para el diálogo. Por otro lado muchas de las reglas establecidas en el hogar suelen ser inadecuadas, disfuncionales y rígidas debido principalmente a que fueron construidas de manera unilateral. Una regla construida desde el conocimiento interpersonal emanado del dialogo resulta más útil y respetada.



 La dirección del cambio se clarifica durante el proceso. El transitar por los caminos del diálogo, con frecuencia, lleva a “los dialogantes” de manera natural a establecer nuevos límites y nuevas formas de relacionarse desde un lugar totalmente diferente al habitual. No desde la coerción y el castigo impuesto desde afuera como “medida correctiva y necesaria” sino desde un lugar sorprendente de libertad y responsabilidad. Así, la construcción del diálogo, especialmente en medio de circunstancias conflictivas y difíciles, surgen de manera a veces inesperada nuevas formas de comprender la realidad; de ver las cosas y de plantear y resolver “el problema”.



 

El Diálogo: ¿Renunciar al cambio para cambiar? Las teorías modelos y paradigmas de la ciencia, al igual que las creencias personales y otras formas automáticas –de percibir, de pensar y de actuar– suelen desplomarse mediante un proceso abrupto, no gradual, de expansión de conciencia.[1] En la experiencia personal, las estructuras se rompen cuando se toca fondo, se pierde o se está a punto de perder a un ser querido, surge una vivencia cercana a la muerte o una conversión de fe. Las personas, en una sacudida de conciencia, de pronto experimentan un cambio; repentinamente dejan de renegar de la vida, de controlar, de juzgar, de tenerle miedo a hacer el ridículo, de temer la desaprobación, de estar atrapados en la permanente e insaciable exigencia; etc., etc.



Un día, por ejemplo, Marta entiende, a través de un diálogo honesto con su pareja, que su problema no es tanto que el marido tome; su verdadero problema –que por fin Marta ahora puede reconocer, después de escuchar, escuchar y escuchar a su Juan y de escucharse a sí misma– es su adicción a controlar; es decir a querer a fuerza que su marido deje de tomar. Normalmente cuando el hombre tomaba y llegaba crudo ella, aunque de mal modo, le preparaba sus chilaquiles; cuando necesitaba dinero le pagaba sus deudas, lo sacaba de la cantina, lo llevaba al hospital, lo recogía del hospital… ¡Claro! luego ella ante tanto sacrificio le reclamaba de todo lo que hacía por él sin tener respuesta. Ahora, sin embargo, todo es diferente para Marta, que de pronto llega a una conclusión liberadora:



Puedo quererlo como es y dejar de abrigar la esperanza de cambiarlo como una condición para “ahora si ser feliz”; O si de plano si no puedo convivir con sus conductas y lo que él hace me parece tan grave, tan destructivo, tan intolerable, tengo la opción de separarme por respeto a mí misma. Hoy dejo de jugar a la victima que no puede cambiar, ni aceptar ni dejar al marido y entonces se dedica a joderlo.



A Marta, le llevó mucho tiempo hacerse cargo no de la responsabilidad de su marido, sino de la suya propia. Le hubiera gustado entender esto hace veinte años pero tal vez hasta ahora estaba preparada para asimilar esa nueva forma de percibir… y eso no tiene remedio. Ahora que Marta ya no está obstinada en cambiar a su marido; ahora que ya no enchueca la boca, ni mueve la cabeza, ni discute, ni hace comentarios sarcásticos cada vez que él comenta “lo chévere que se la pasó con sus amigos en la última reunión”; ahora que ella escucha con verdadera atención y como si fuera la primera vez, ahora él comienza a llegar más temprano a su casa, porque la verdad –les ha platicado a sus cuates cuando le reclaman su gradual ausencia de las cantinas–: “es maravilloso llegar a tu casa y platicar con alguien que te escucha, que te entiende”.



Cuantas veces había leído Marta esa graciosa frasecita… y hasta ahora le cae el veinte: Cuando te escucho te digo sin decírtelo “no necesito cambiarte para quererte”. Marta ahora entiende porqué a su marido le encantaba escuchar esa canción del siglo pasado cantada por Daniela Romo que en un párrafo dice: Quiero amanecer con alguien que no me quiera cambiar, que me acepte como soy.



 



EL ESPACIO PROTEGIDO DEL DIÁLOGO



La diferencia entre una relación verdaderamente constructiva y una destructiva, descansa en gran medida no en la cantidad de conflictos que enfrentan sus miembros, sino en su capacidad de promover espacios protegidos y de calidad para el intercambio. Para Christlieb (1973) la opción se llama diálogo y consiste en:



Ser capaz de dar a las ideas y sentimientos del otro una importancia semejante a la que daríamos a los nuestros.



En este capítulo retomamos los elementos ya esbozados de la comunicación constructiva para proponer algunos “cómos” poderosos y viables. El diálogo, como ya lo hemos indicado, está compuesto de un tiempo y un espacio donde de manera protegida interactúan los dos recursos básicos de la comunicación interpersonal: escuchar y expresar. El diálogo tiene como objetivo la construcción de un sistema inteligente y de un espíritu de comunidad. El diálogo es un poderoso medio capaz de trascender las profundas e inevitables diferencias individuales entre los seres humanos en sus diferentes contextos y relaciones: de pareja; de familia; de trabajo, etc.



El diálogo, cuando es aplicado de manera disciplinada y sistemática, tiene el poder de convertir “las diferencias irreconciliables”, los conflictos, las crisis y las experiencias dolorosas en autenticas y maravillosas oportunidades de crecimiento, y de cercanía respetuosa. Pero el diálogo, insistimos, no puede surgir espontáneamente de la buena voluntad ni del amor romántico por muy bonito que parezca. Ciertas condiciones, mínimas pero imprescindibles hacen del diálogo un verdadero catalizador para el desarrollo de la conciencia y la transformación interior.



A menos que ocurran condiciones, mínimas y accesibles de “diálogo en espacios protegidos”; ni una bien intencionada pregunta ni muchas ganas de comunicarse bastan para sacar “la verdadera sopa”, para curar las heridas, ni para promover el acercamiento respetuoso. La persona aprende a hablar, a conectar y a reconocer sus verdaderos sentimientos poco a poco en la medida que se siente escuchada y entendida.



La única manera de romper patrones y trascender formas repetitivas de actuar y de responder; la única forma de desembarazarse del yugo de tantas automaticidades irracionales y destructivas que saturan el repertorio humano y lo atrapan en conflictos interminables, es a través de experiencias concretas y vivas de expansión de conciencia …y precisamente una manera privilegiadas y viables de promover la expansión de la conciencia y liberarse de dichos patrones automáticos en el seno de la familia es a través de la humilde y poderosa práctica del diálogo.[2]El diálogo en otras palabras permite de manera sorprendente un proceso de evolución de un sistema humano –llámese pareja, familia o grupo– hacia niveles de mayor inteligencia, comunicación, armonía, etc. El diálogo promueve un proceso permanente e desarrollo y evolución, donde por un momento se trascienden viejos juegos de comunicación, patrones[3] complementarios, simétricos o cruzados de poder, de sumisión, de manipulación, de mentira: La esposa juega primero a la mamá buena que se sacrifica y luego a la mamá mala que reclama y controla; la niña o niño-esposo juega a “si te digo la verdad te enojas” y entonces “te miento mientras me pescas y me regañas” etc. De pronto ante una práctica inofensivamente poderosa cuya consigna provisional es renunciar a cambiar al otro y poner toda la energía en entenderlo; la relación se mueve a un lugar inesperado de integración, intercambio y fluir de información que a su vez promueven en el sistema –llámese familia pareja u organización– una transformación hacia estados más evolucionados, “complejos” e inteligentes. (ver nota 24)



Eric Drexler (1991, 1996) creador de la nanotecnologia se ha dedicado, por ejemplo, a estudiar las aplicaciones de los procesos de abajo hacia ariba o de de diseño molecular que resultan ser infinitamente mas eficientes y regeneradores. En el contexto social hay voces y movimientos que abogan por el cambio de adentro hacia fuera de lo pequeño a lo grande, de lo local a lo global. En esta línea de pensamiento, la propuesta del diálogo nos invita a comenzar ya con la conciencia personal a través de las relaciones cotidianas en la familia, el trabajo y la colonia. Preferimos iniciar con lo que si está a nuestro alcance y nos con los inaccesibles cambios de estructuras macrosocio-economicas a través de decretos y políticas publicas –que llevaron a Watzlawick con su celebre sarcasmo a observar: que todo cambie para que nada cambie–.



Al poner el énfasis en entender , no en invalidar la experiencia del otro, se descubren así, a través de las relaciones cotidianas, otras formas de ver el mundo, otras maneras de percibir y de construir la realidad. El diálogo conduce finalmente a la construcción de un nuevo conocimiento de orden superior con la aportación de distintas experiencias; de distintas “realidades”. Por otro lado, un sistema humano que no dialoga termina tarde o temprano funcionando “estúpidamente” pues aunque esté compuesto de personas inteligentes; lo inteligente no quita lo automático.



¿Irreconciliables o incapaces de dialogar? Las personas que inician una vida de pareja, con frecuencia, terminan separándose al descubrir que sus diferencias son irreconciliables. La vida en pareja tiene límites y si una relación de pareja en lugar de promover el desarrollo de sus miembros los devalúa y lastima: deja de cumplir su misión. Entendemos y respetamos que hay un momento para decir adiós, sin embargo, también creemos que una gran mayoría de dichas separaciones son debidas más que a las diferencias irreconciliables a la profunda incapacidad de dialogar; y el precio de ello lo paga tanto la pareja como los hijos.



Los adictos al enamoramiento de cada cinco o diez años vuelven a sentir que necesitan una nueva pareja “que sí me comprenda”. Como no aprendieron a dialogar tarde o temprano llegan a la conclusión irreversible de: “que el amor se acabó”. Para una conciencia pequeña, el reto del amor, como diría Erick Fromm, es encontrar a la persona adecuada. Un día la conciencia crece y se da cuenta que tal vez –tal vez– es tan importante o aun más, ser la persona adecuada que encontrar a la persona adecuada; un día se da cuenta que la muerte del amor no es nada mágico ni fuera de control de las persona; un día finalmente se da cuenta que el principal virus que mata al amor es la ausencia del diálogo.



 

GUIA PARA EL DIÁLOGO.



Mirar hacia adentro: Cuando es momento de expresar, comienza por voltear hacia adentro y conectarte contigo misma, es decir, observa cuales son tus sentimientos, y sensaciones; identifícalos y descríbelos primero para ti misma para después comunicarlo al otro. Trata de concentrarte inicialmente más con lo que sientes y distraerte lo menos con lo que piensas (demasiados pensamientos desconectan la experiencia de sentimientos y sensaciones). Recuerda sólo te puedes conectar con el otro si inicias conectandote cntigo misma.



Observa y decide cada vez que aparece fugazmente por tu mente la tentación de iniciar una frase comenzando con expresiones “bloquea-doras” –que promueven en tu compañero la resistencia psicológica a escuchar con verdadera disponibilidad– como: Tú deberías de llegar más temprano; Tú tienes que..; Tú nunca debiste…; No se vale..; No te importo; Te valgo un cacahuate; Te importan más tu trabajo y tus amigos que yo.



Para expresar de manera facilitadora se requiere de distinguir, como ya se mencionó, por lo menos cuatro categorías y expresarlas de manera diferenciada, inequívoca, clara: a) descripción de hechos; b) pensa-mientos o interpretaciones; c) deseos o expectativas y d) sentimientos. Así por ejemplo, la siguiente expresión: “ayer en la noche que no llegaste” se refiere a la descripción de hechos que ocurre de manera “objetiva”. Un hecho es por así decirlo la realidad que cualquier persona observadora podría describir, es algo que no tiene discusión. Los sentimientos son tristeza, enfado, enojo, etc. Los pensamientos son la manera como yo interpreto la realidad, es decir representan mi realidad interior NO LA REALIDAD EXTERIOR, OBJETIVA, Y ÚNICA. En otras palabras es válido decir: yo pienso –cuando veo que no llegas – que no me quieres; me imagino que no te importo. Sin embargo, lo que resulta disfuncional, bloqueador, poco facilitador, es cuando trato la realidad interior –sentimientos, pensamientos y expectativas– como si fueran la realidad exterior (como en las expresiones arriba mencionadas). Cuando en lugar de apegarme a hablar en primera persona “de lo que yo siento pienso y espero cuando tú haces o dejas de hacer algo” utilizo la vieja formula de “tu deberías y a ti no te importo” finalmente a pesar de la mejor de las intenciones, conseguiré mayor resistencia y cerrazón. En síntesis, una expresión mucho más cercana a tu experiencia y a tu corazón y por lo tanto más facilitadora y capaz de promover la apertura y disponibilidad en el otro, es: Espero, deseo, tengo ganas de verte a la hora acordada y me sentí muy decepcionada –muy triste, muy sola, enojada, irritada, desesperada, angustiada– ayer en la noche que no ocurrió así, y entonces pienso que no te importo, que no me quieres que no…  



Respetar cada tiempo: Como ya se mencionó en el capítulo IV: El problema de la relación de pareja no es que cada uno tengan sus propias necesidades y su forma de ver el mundo: El problema surge cuando él habla y ella no lo escucha o cuando ella habla y él tampoco escucha. La primera regla para el diálogo es pues una regla de orden mínimo. Iniciar un diálogo en espacio protegido, como ya lo hemos bosquejado, consiste en acordar quién va a hablar, y quién va a escuchar. Nunca ha de iniciarse un diálogo protegido si no se ha llegado a este primer acuerdo por obvio y ocioso que parezca. Cuando dos personas, cargadas de historia, intentan dialogar, el orden es lo primero que se rompe y de pronto hay dos bocas hablando desde sus heridas y del otro lado de la mesa las orejas están desconectadas; nadie está dispuesto a escuchar. Pueden transcurrir así horas y la pareja no se da cuenta que al haber roto esta primera regla los resultados en el mejor de los casos son pobres en el peor de los casos francamente destructivos. De hecho en la mayoría de los casos cuando una pareja común y corriente intenta hablar de cosas importantes, de temas sensibles y difíciles, lo hace con buena intención pero con una pobre preparación para el diálogo protegido. Cuando en lugar de diálogo se establece un debate –exceso de expresión y ausencia de escucha– usualmente la pareja o familia termina en un estado deplorable de mayor distancia y resentimiento. Lo que pretendía ser un diálogo termina en una agria discusión donde cada quien habla en automático cuando se le pega la gana. Es como una obra de teatro en la carnicería de don Chema donde salen a escena muchas trompas y ninguna oreja. La conclusión al final de dichos intentos tan desproporcionados suele ser tajante y llena de desesperanza: Lo mejor hubiese sido jamás tocar estos temas con el-ella. Estas parejas están condenadas a una muerte lenta por indigestión de trompa, pues si hablan; mal y si se callan; peor. Así pues, en un intento de diálogo, cuando el primer acuerdo relativo al “orden” es pasado por alto y ambas partes hablan al vacío; la inteligencia y la capacidad de escucha que pudieran existir resultan contaminadas y sirven de muy poco.



El primer paso al iniciar un diálogo es establecer quien va a hablar primero y quien va a escuchar. Cuando queda establecido el orden para expresar, es importante mantener los dos lugares claramente definidos: el de quien habla y el de quien escucha. Ambas partes han de respetar su turno; han de permanecer en su función hasta cerrar por lo menos un ciclo o ronda de intercambio. Reiteramos, si al mismo tiempo hay dos personas que hablan y no hay nadie sentado en la silla del escuchador; no hay diálogo. Tampoco lo hay “cuando hay pura oreja”, es decir, cuando están las dos personas dispuestas a escuchar pero ninguna de ellas a correrse el riesgo de expresar. Quien escucha no puede, por muy razonable que parezca, interrumpir para hacer precisiones, aclaraciones o cuestionamientos. Quien escucha –hasta que no le toque su turno de hablar— “desaparece” como persona y se convierte en un eco fiel; en un espejo cuya función no es aprobar, aclarar, refutar juzgar ni dar su opinión, etc.; Su función es sólo reflejar de manera aceptante los sentimientos que la otra persona experimenta. (en los dos primeros capítulos hemos explorado ya con amplitud la función de las dos competencias básicas y hemos hecho referencia a esta consigna: Hay un tiempo para hablar y un tiempo para escuchar).



La confianza básica en la expresión de momentos de sentimiento fuerte: Una de las consignas básicas en la búsqueda del cambio transformacional o de tercer orden indica que la dirección del cambio aparece sólo durante el proceso. Este mandato requiere que los actores de la comunicación interpersonal puedan creer verdaderamente en la riqueza de sus sentimientos fuertes y en la sabiduría o inteligencia que emerge de manera natural al calor del verdadero diálogo. Sólo desde un lugar de confianza básica en este proceso podremos ver emerger el orden detrás del supuesto caos, y el cambio que paradójicamente surge cuando se renuncia al cambio:



Cuando aparentemente no vamos a ningún lado con el intercambio de “experiencias difíciles” la práctica sistemática del diálogo, de una manera suave y sabia, nos entrega un verdadero regalo; nos lleva finalmente por un proceso gradual de desarrollo interpersonal y de inteligencia emergente. Por otro lado, si no hemos desarrollado esa confianza básica en el proceso del diálogo y específicamente en la riqueza de los sentimientos fuertes como maestros del crecimiento, es muy posible que, antes de dos minutos de intercambio, terminemos cayendo en la tentación de interrumpir, juzgar o criticar; terminemos totalmente indignadas por “las estupideces que el otro está diciendo”.



Abrir y explorar crisis sólo en espacios protegidos: Ciertamente no es posible estar en condiciones de escuchar experiencialmente cada vez que surgen crisis y sentimientos fuertes, sin embargo, es importante tener muy presente la opción de programar en un tiempo razonablemente cercano y factible un espacio protegido de diálogo. Ventilar algo importante y fuerte en espacios no protegidos, por otro lado, es decir cuando no se han establecido ni respetado las condiciones mínimas de orden y seguridad psicológica puede convertirse en una experiencia destructiva para la relación, puede reavivar la tentación de regresar a la vieja y conocida postura de las conciencias primitiva: Mejor ni hablar.



Ilya Prigogine se refiere, en el contexto de la termodinámica, a una de las dos direcciones posibles ante la crisis o “indigestión de informacion”: el deterioro del sistema o la evolución del mismo hacia niveles de mayor complejidad e inteligencia. En el contexto interpersonal, una persona puede sentirse totalmente apabullada al entrar en contacto con el abandono, rechazo, decepción, infidelidad, engaño por parte de su pareja. A partir de dicho evento, el bombardeo de información –difícil de asimilar– de dicha experiencia atizada en una discusión puede ser el inicio, como lo hemos mencionado, de un deterioro inexorable donde ella reclama, y arremete contra él… y él más se defiende y se aleja. El dolor producido por alguno de los conyugues, cuando no se han dado las condiciones de diálogo, promueve, como ya lo apuntamos; triangulaciones y pasajes a la acción. Una crisis no resuelta a través del diálogo degenera en discusiones y distanciamientos de diverso tipo, promueve asimismo con frecuencia que a los hijos se les triangule y se les presiona a tomar partido hasta quedar en posición de “haga lo que haga pierdo …si elijo a papá traiciono a mamá; si elijo a mamá traiciono a papá”.



La segunda opción consiste en explorar las experiencias difíciles en un espacio protegido sin esperar siquiera que ella perdone ni él “no lo vuelva a hacer”. Enfrentar constructivamente una crisis requiere de un primer paso, de algo básico y simple: renunciar a cambiar al otro y concentrarse en entenderlo. La practica del dialogo requiere de un compromiso mínimo: aplicar las reglas de “un tiempo para hablar y un tiempo para escuchar” durante un periodo mínimo hasta que del mismo proceso surja una solución con frecuencia difícil de predecir. No se descarta la eventualidad de una separación constructiva, aunque en muchos casos cuando la pareja permanece –pase lo que pase – por lo menos un par de meses comprometida en el proceso del diálogo sistemático; ocurre que ambos se mueven, “como sin darse cuenta”, en la dirección de los sistemas inteligentes. El puro proceso de intercambiar e integrar información difícil, y aparentemente incompatible lleva a la pareja a lugares de evolución inesperados: Después de un episodio de infidelidad, por ejemplo, es desde luego posible que la pareja rompa definitivamente, pero también es posible que a partir del diálogo surgido ante la crisis, ella finalmente se de cuenta de su hasta entonces “parte ciega”: su manera de tratarlo como niño, de controlarlo, de “no dejarlo” salir con sus amigos. Él a su vez, quizá se de cuenta, gracias al diálogo, de su forma cotidiana de guardar silencio; de quedarse callado para no empeorar la bronca; de su papel de de niño guerrillero que se sale a escondidas de mamá; de su “juego del mudito” que termina hablando con su conducta las inconformidades que no ha sido capaz de expresar con la boca. La pareja tal vez descubra –y estén por primera vez en su vida en condiciones de asimilar una maravillosa y dolorosa lección– que ha estado jugando a la mamá y al hijo, justo hasta que el niño es finalmente pillado por su mami-esposa. Tal vez descubran que no han sido capaces de funcionar como adultos responsables y que ahora las cosas ya no pueden seguir como antes porque el juego de mamá-hijo ya se agotó, ya tronó. Ahora quedan sólo tres caminos: a) Se separan con la sensación, cada uno, de que el otro “de afuera” tuvo la culpa y por lo tanto no hay nada que cambiar internamente (con su siguiente pareja, ella seguirá siendo una mamá controladora y el seguirá siendo un irredento y mentiroso buscador a escondidas de aventuras); b) Se separan por considerar la herida irreparable y pierden a su pareja pero no pierden la lección, no pierden la oportunidad de voltear hacia adentro y aprender a ser mejores para lo que venga; c) Aprenden la lección –cada quien la suya propia – y ya no tratan de volver atrás a lo que ya se agotó, más bien inician una relación nueva; más vital y saludable, una relación que con el paso del tiempo tal vez les permita agradecer “la bendita crisis que la vida les regaló”.



El diálogo en espacio protegido es pues un espacio de renovación donde las diferencias, cualquiera que ellas sean, son procesadas hasta convertirse en evolución pura. Así, por ejemplo; a ella le gusta visitar a su mamá, a él le incómoda que ella visite a su madre; a él le gusta salir con sus amigos, a ella le produce mucha inseguridad dichas salidas; ella ya quiere ponerle un nombre a su hijo recién nacido, el prefiere esperarse para estar seguro; el quiere poner un nuevo negocio, ella tiene miedo a los cambios y lo desanima; a el no le gusta como ella hace el amor, a ella no le gusta como huele él; ella quiere pasar navidad en México, él prefiere quedarse en provincia; ella quisiera que él lo apoyara más y de vez en cuando le adivinara el pensamiento y a ella le gustaría que ella pidiera las cosas con más claridad, etc., etc. Después de escuchar con interés y sin invalidación dichas diferencias, la relación se transforma. La información intercambiada en espacios de diálogo protegido se convierte en algo nuevo, útil, transformador: el que tú prefieras algo diferente a mí, es simplemente porque eres diferente y resulta no ser algo personal en mi contra …esa pequeña diferencia ya hace una gran diferencia.



 



Cuando es tiempo de hablar:



    * Privilegiar la expresión de Escenas concretas –específicas de sentimiento fuerte

    * Descripción del contexto o entorno de manera suficiente pero no excesiva.

    * Descripción de la experiencia interna; de sentimientos y sensaciones físicas.

    * Si tienes un pensamiento que compartir reconócelo propiamente como tal: que espero, que interpreto, que imagino, que pienso, que fantasía tengo …cuando sales, etc.

    * Procura hablar en primera persona.

    * Cuando estés a punto de dar un consejo, sugerencia, órdenes, advertencias o reclamos, opiniones, –y especialmente preguntas– trata de reconocer lo que hay detrás de ello (sentimientos, expectativas o deseos fantasías o pensamientos). Decir: me siento inseguro cuando llegas tarde, tengo miedo de que te pase algo, es una forma más conectada transparente y por lo mismo facilita mucho más el ser entendida y escuchada que cuando está disfrazada de pregunta, regaño, reclamo, etc.

    * Refiere tus sentimientos, descríbelos sin juzgarlos y sin quererlos explicar con razones. Si tratas de explicar o justificar tus sentimientos es posible que termines desconectándolos y ahogándolos en un mar de palabras y de racionalizaciones.

    * Si eres mujer no se te ocurra querer programar un espacio protegido para hablar de tus sentimientos fuertes justo cuando está jugando la selección mexicana, o su equipo o personaje de su deporte favorito.

    * Si eres hombre: no se te ocurra querer programar un espacio protegido mientras tu pareja no está totalmente dispuesta para hablar y para escuchar. (si está por llegar el gas, si se están cociendo los frijoles, si tu hijo tiene calentura).

    * Si hace más de un mes que no haces tu diálogo porque siempre hay cosas urgentes “más importantes”; No te quejes de que tu relación continúe deteriorada.

    * Los sentimientos son como son. Reconoce con honestidad su existencia aunque no te gusten (celos, inseguridad, envidia, etc.) A los sentimientos, primero es necesario honrarlos, es decir, contactarlos, expresarlos y aceptarlos como son y después –solamente después– es posible transformarlos (a partir de su reconocimiento, no de su negación). En otras palabras recuerda que en este diálogo es más importante reconocer que negar; aceptar que reprimir. Por ejemplo si te sentiste celoso, inseguro, solo, no entendido, abandonado, excluido, etc., simplemente reconoce ante tu pareja eso que estás sintiendo. Insistimos, los sentimientos pueden no ser en lo absoluto lógicos ni maduros ni razonables. Los sentimientos simplemente SON. Si no los reconoces tal cual son peor para ti.

    * Veinte, veinte, veinte cuarenta: No es un teléfono de emergencia, es nuestra propuesta para que distribuyas de manera aproximada el tiempo en las cuatro categorías mencionadas. Algunas personas tienden a referir con todo detalle la descripción de hechos: Yo llegué a las seis y a los quince minutos te pasan la llamada y es tu tía de Tijuana, y luego ella te dijo, y tú le contestaste, en eso sonó el timbre de la puerta, etc., etc. Decimos que estas personas utilizan el ochenta o más de su tiempo de intercambio verbal en describir las cosas de afuera y menos del diez por ciento en describir su experiencia interna, es decir sus sentimientos tal como son experimentados en los momentos de mayor intensidad. Te sugerimos tratar de encontrar una escena en tu experiencia personal reciente o remota y describir solamente lo suficiente del contexto en el que ocurre (como, cuando, donde, quien) lo cual requiere un veinte por ciento del tiempo total. Otro veinte puedes distribuirlo en referir lo que piensas o interpretas –imagino que estás con alguien más, imagino o pienso que no me quieres, que no te gusto, que me engañas, etc—otro veinte puede ser utilizado en referir lo que deseas o esperas y luego concéntrate por lo menos un cuarenta por ciento del tiempo en describir lo que pasa adentro de ti[4]: Sentí un nudo en la garganta, se me apretó el estómago y experimenté mucho enojo; Me sentí totalmente desplazada ignorada …pensé, imaginé como si lo mío no fuera importante en ese momento en el que te quedaste callado y no me defendiste cuando tu hermano me pidió que me largara. Me sentí poco importante para ti cuando me dijiste “bueno y que quieres que haga !ya olvídalo!”



La Oración de la buena escucha.



Señor: permíteme disponerme a iniciar en este diálogo en mi función de escucha y pueda yo aquietar a los loros de mi mente en este lugar sagrado del diálogo protegido, y ponerle pausa a mis sentimientos, pensamientos y a todo aquello que me estorbe. Permíteme, por lo menos durante este espacio, suspender mis respuestas automáticas bloqueadoras que distraen mi atención de la experiencia de mi compañera/o.



Permíteme conectar mi corazón, y todos mis sentidos en la experiencia de mi compañero/a no en mis propias expectativas, heridas, opiniones y preferencias personales.



Que mis oídos sean como antenas parabólicas totalmente orientadas a lo que mi pareja siente, espera, y piensa.



Aunque nada de esto coincida con lo que él/ella debería…; es decir con lo que yo quisiera que sintiera, pensara y quisiera.



Cuando me diga que le molesta eso que yo hice o deje e hacer



Ayúdame a dejar bien guardada para otras ocasiones y para otros debates mi ametralladora de las mil respuestas



No me dejes caer en la tentación de contestar antes de haber escuchado y entendido hasta el último detalle y significado.



Libérame por lo menos durante este momento de repetir mi vieja y conocida respuesta: Pues si no te gusta… yo lo hacia por ayudarte; óyelo bien es la ultima vez que lo hago, no tienes razón de sentirte así, y que quieres que haga, etc.



Hoy no tengo que contestar, criticar, dar razones, ser lógico; hoy por un momento ni siquiera tengo que solucionar nada.



Permíteme sostener firmemente mi atención en su experiencia, no en la mía



Ayúdame a tener presente: que por lo menos aquí y ahora no tengo que cambiarla/lo.



Que por un momento no me importe si lo que me dice es ilógico, inmaduro, fuera de lugar, incongruente, egoísta, tonto, etc., etc.



Que por un momento pueda poner toda mi energía en imaginar, entender y sintonizarme con ese momento cargado de sensaciones, senti-mientos, percepciones y pensamientos tal cual es descrito por mi pareja.



Ayúdame a ser capaz de dejar todo mi pasado, todas mis ideas y formas de percibir el mundo y en ese justo momento cuando me comparte lo suyo –que se sintió bien o mal, decepcionado o agradecido, deshecha o conmovida– ayúdame a desaparecer para poder escuchar experiencialmente; para convertirme (sin aprobar ni reprobar) todo yo en esa escena y como tal poderla reproducir a través de simplemente resonar, reflejar, escuchar experiencialmente lo recién expresado:



Ayúdame a humildemente ser un eco de su experiencia: Me imagino ese momento cuando, yo hago ese comentario frente a todos los asistentes y ellos se ríen, tú te sientes verdaderamente lastimada, burlada, sola, engañada, agredida, atacada, triste, etc.



Cuando es tiempo de escuchar.



 



    * Recuerda que en este momento tú sólo funcionas como el eco de la voz de tu pareja o como el espejo que reproduce la experiencia del otro tal como el otro la vivió no tal como tú la interpretas.

    * EEscuchar es como sacar un espejo y concentrarte en reflejar con él la experiencia del otro; sin quitarle ni ponerle nada; La experiencia del otro sólo requiere ser reflejada.

    * Si por un momento te sientes atrapado por la tentación de interrumpir con un razonable “pero es que las cosas no fueron así, o no estás diciendo toda la verdad”, etc., recuerda, todas las veces que tengas que recordar, que no existe una sola realidad sino varias, tantas como personas; que cada persona vive su propia realidad y entonces la función del diálogo es básicamente entender y entrar a la realidad del otro. La función del diálogo NO ES ENCONTRAR LA VERDADERA Y UNICA REALIDAD (…es que yo no te dije esto, es que no fue así, es que tú exageras, no tienes porqué sentirte así, no llegué a las doce llegué a las once y media… son todas formas de negar que la realidad del otro es tal como el la experimenta y la describe)…

    * Utiliza básicamente la segunda persona para repetirle a tu pareja lo que escuchaste: “Tú me dices que ese día que llegué tarde tú estabas muy angustiada , tú me estabas esperando desde las ocho..”

    * Si tu pareja te hace una pregunta, es importante concentrarte en reflejar la inquietud o sentimiento detrás de la pregunta (En ese momento te preguntas donde estoy yo; en ese momento tienes dudas de si te quiero; cuando me ves enojado te imaginas…) No tienes que contestarla, no porque no quieras ser honesto, sino porque al contestar una pregunta cuando en un espacio protegido y te toca la función “de oreja” rompes el principio básico de orden: hay un momento para hablar y otro para escuchar. Contestar una pregunta cuando es tiempo de escuchar es una de las trampas más comunes. Cuando caes en ella todo el ciclo se rompe.

    * No tienes que responder, justificar ni defender a tu persona, a tu ego. En este momento te conviertes sólo en el eco o reflejo de lo que el otro dice aunque lo que el otro dice sea diferente a lo que tú viviste o a lo que tú percibiste en la misma ocasión. En otras palabras, tu ego que tiene sus propia historia, percepciones, opiniones y sentimientos desaparece provisionalmente y te conviertes en la experiencia del otro. Cualquier aclaración reclamación, corrección, explicación TUYA la guardas para cuando sea tu turno de expresar. Recuerda hay un momento para expresar y un momento para escuchar y justo ahora es tu momento de escuchar. Abre tus oídos y la boca sólo úsala para reflejar. Si rompes esta regla, rompes el diálogo.

    * Ten muy presente que escuchar la experiencia del otro no quiere decir que estés de acuerdo; no quiere decir que estás aprobando lo que el otro hace o deja de hacer; tampoco significa que ello te comprometa a cambiar y a no volver a hacer esa conducta que al otro-a le molesta. Escuchar significa algo mucho más humilde y poderoso a la vez: Que puedes entender el mundo, por lo menos por un instante, tal como el otro lo vive …ni más ni menos.

    * De todo el relato escuchado aunque pueden ciertamente ser necesarios los detalles del cómo ocurrieron las cosas, es especialmente importante poner atención y reconocer los momentos donde aparecen los sentimientos –especialmente los sentimientos fuertes. Cuando los encuentres, no los juzgues, solamente refléjalos.

    * Por un momento olvídate de querer cambiar o responsabilizar a tu compañero/a de tus expectativas frustradas, concéntrate en el humilde y poderoso arte de simplemente observar e imaginar escenas concretas donde aparecen sentimientos fuertes en tu pareja. Escucha con tu corazón abierto todas las expresiones de sentimientos, cualquiera que estos sean, por absurdas, ridículas, cuestionables, irracionales, tontas, ilógicas, inmaduras, etc, que te parezcan. Escucha como si fuera la primera vez que te asomas a la experiencia del otro. Escucha como si la persona que lo hace se expresara por primera vez. Imagina sólo por un momento que nunca antes nadie lo-la había escuchado y que el o ella nunca antes había expresado esto –aunque el perico de tu mente te susurre al oído “otra vez la misma historia chin…” Cuando un sentimiento puede ser expresado de manera completa y con total aceptación entonces está mucho más cerca de ser transformado. Por otro lado si la expresión de un sentimiento recibe como respuesta sistemática –automática –de parte del interlocutor, más de lo mismo, es decir más de las conocidas respuestas de juicio, reclamo, cuestionamiento aplauso apoyo, indiferencia, etc.; es posible que dicho sentimiento se quede aún más atorado o se transforme en algo defensivo, destructivo. Cuando un esposo dice “Es la misma cantaleta de siempre, eso ya me lo ha repetido cinco mil veces” es muy posible que las mismas cinco mil veces que ella toca el tema el repite la misma receta –contesta, aclara, juzga, sermonea, regaña, da soluciones, etc.– PERO NO ESCUCHA. Tal vez la mujer necesita diez veces de escucha autentica para dar el asunto por concluido y el mejor momento para iniciar la cuenta de esas diez experiencias ES AHORA MISMO. Si comienzas hoy tal vez te puedas comenzar a ahorrar para el futuro la siguientes totalmente inútiles cinco mil cantaletas con sus respectivas y anunciadas cinco mil invalidaciones.

    * Recuerda lo que te expresan con honestidad y transparencia te puede lastimar en un inicio pero al final cuando es debidamente escuchado se convierte en el mejor combustible para el crecimiento, para la evolución de la relación

    * Lo que por otro lado no se expresa, eso si puede destruir la relación pues “lo que no se habla con la boca se actúa de múltiples formas”.

    * Además de escuchar “como la primera vez” imagina que la “queja”, si es que se refiere a tu persona” en el fondo viene de un lugar más profundo, y de alguna manera, ajeno a ti. Sólo por un momento no lo tomes como algo personal. Si te sirve puedes imaginar que se hable de alguien a quien hoy no tienes que defender aunque esa persona a quien “se acusa” tenga tu mismo nombre y apellido.

    * Concéntrate en escuchar y entender los sentimientos y no en discutir los hechos.

    * Hoy no tienes que defender ni justificar a tu persona. Cuando te toque el momento de hablar, expresarás tu experiencia y podrás hablar, si quieres, de lo que te pasa en relación a sus preguntas y dudas, etc. Pero en este momento no es aún tu turno de hablar. CUANDO ES MOMENTO DE ESCUCHAR ES MOMENTO DE ESCUCHAR Y CUANDO ASÍ ES, TU PERSONA DESAPARECE PARA CONVERTIRSE EL ECO FIEL Y ACEPTANTE DE LA EXPERIENCIA DEL OTRO TAL COMO EL OTRO LA VIVE.



La Oración de la buena expresión



 



Señor; cuando llegue el momento de expresar ayúdame a tener conectada la boca con mi corazón, con mis sentimientos, con mis emociones. Ayúdame a no usar mi silencio como un castigo contra mi pareja por haberse “portado mal”; ayúdame a ver mi profunda y olvidada necesidad de hablar, especial y paradójicamente cuando más ganas tengo de aplicar la ley del hielo; de callarme; de hacerme el ofendidito; de decir victimezcamente con cara de perro atropellado: “no tengo nada”. Dame le valor para salirme de ese juego con el que al mismo tiempo hago dos cosas: agredo a mi compañero y especialmente me lastimo a mí mismo. Señor mi destino no es vivir como víctima callada; quiero con valor –con el valor que se requiere para dejar viejos juegos conocidos pero destructivos– reconocer que merezco algo mejor que este patrón de castigarlo a él castigándome a mí. Ayúdame a recordar que cuando más ganas tengo de hacerme el ofendidito, es seguramente cuando más me puedo beneficiar del diálogo si me arriesgo. Ayúdame ante la tentación del silencio a decirme con toda la autoridad –y con todo el deseo de crecer y de merecer una relación mejor–: No te hagas pendeja ¡claro que si traes algo! …hoy voy a compartir una escena de sentimiento fuerte y tengo el derecho de pedirle a mi pareja que me escuche sin interrupciones ni juicios.



Ayúdame a ver hacia adentro de mí y a conectarme con lo que siento, pienso, imagino y espero desde cualquier lugar de mi experiencia. Es posible que alguna parte de mi ego pueda juzgar dichas experiencias como algo inválido, no razonable, injusto ilógico, inmaduro, a pesar de ello, dame el coraje para conectar lo que siento y expresarlo con honestidad y transparencia. Tal como es, no tal como debería de ser.



Señor tal vez tengo la tendencia, sin darme cuenta, a conectar mi cabeza, en lugar de mis sentimientos, y así cuando alguien me pregunta como me siento o que siento, quizás termine diciendo campantemente que pienso, como deberían de ocurrir las cosas, o de quien es la culpa de todo. Tal vez aprendí a sentirme más cómodo al hablar de lo que pienso y más torpe cuando se trata de expresar simple y sencillamente lo que siento. Tal vez sin darme cuenta he hecho trampa en mi vida y así cuando comienzo alguna frase esforzándome por decir lo que siento termino diciendo sólo lo que pienso. Cada vez que inicio una frase con “siento que” en realidad estoy diciendo “pienso que” …solo que con el verbo equivocado.



Tal vez no me sea fácil hablar de mí, por eso: ayúdame a registrar, a escribir si es necesario, esos momentos impregnados de sentimientos fuertes que vivo durante el día; Ayúdame a reconocerlos como un tesoro detrás de la apariencia de “castigo”. Ayúdame a ver más allá de lo molesto o incómodo; Ayúdame a reconocerlos como un regalo de la vida; como un impulso natural al crecimiento y a la evolución. Ayúdame a confiar en el poder sanador e integrador que surge cuando un sentimiento fuerte es verdaderamente escuchado.



 



Los momentos de sentimiento fuerte (MSF)



Para entender el proceso de construcción de un espacio protegido de dialogo, es necesario elaborar sobre El Momento de Sentimiento fuerte (MSF). Tanto la Terapia Experiencial de A. Mahrer (1997) como el modelo de Reconstrucción Experiencial (Chávez y Michel 2003, 2008) le dan un valor especial como punto de partida a los MSF en el proceso de cambios profundos. Una de las aportaciones de Mahrer (premio anual al mérito profesional en 1997 por la Asociación de Psicología Americana) al mundo de la Psicoterapia, es justamente su convocatoria, simple y revolucionaria a la vez, de iniciar cada sesión, cada proceso de cambio, con una invitación humildemente poderosa: “Descríbeme un momento de sentimiento fuerte, el primero que se te venga a la mente”. Así da inicio una sesión de terapia experiencial; desconcertante para aquellos practicantes ortodoxos de diferentes escuelas terapéuticas que prefieren hacer largas historias clínicas y diagnósticos para “enfrentar apropiadamente un problema”. Todo ello de pronto, en el modelo Experiencial de Mahrer, se convierte en obsoleto, innecesario, largo y costoso.



La dirección del cambio aparece en el proceso, y los momentos de sentimiento fuerte son el camino:



El nuevo paradigma del diálogo en espacio protegido te convoca, cuando es tiempo de expresar, a concentrarte especialmente en las escenas de sentimiento fuerte; en el proceso; en la experiencia que fluye. Cuando el tiempo de hablar llega la consigna parece ser tan fácil: Deja salir tus sentimientos, expresa lo que traes adentro. Sin embargo, en la mente de pronto se agolpan razones, explicaciones, reclamos, “deberías” y “no deberías” –sólo por mencionar algunas respuestas automáticas[5] que obstaculizan la expresión ágil y facilitadora–.



Algunos modelos recientes sobre el cambio sugieren precisamente que detrás del caos existe un exquisito orden y detrás del orden también se comienza a gestar el caos en un continuo círculo dialéctico. Ilya Prigogine, premio Nóbel, con su teoría de las estructuras disipativas sugería ya en 1977 que el bombardeo de información[6] puede hacer que un sistema “al digerirla” se organice en una estructura más evolucionada o al “indigestarse” e inicie un proceso de descomposición. Esto aplicado a sistemas sociales y en concreto a la familia y a la pareja nos lleva a reflexionar sobre un par de cuestiones importantes: La primera de ella relacionada a una postura de confianza básica en las crisis-conflictos y en sus grandes maestros o emisarios “los momentos de sentimiento fuerte”. La confianza en la riqueza y utilidad de los sentimientos fuertes hace que estos sean no sólo tolerados sino verdaderamente bienvenidos y apreciados. Una postura de confianza básica en las crisis o conflictos hace del diálogo una opción natural. Los sentimientos no se evaden, no se niegan ni se rechazan, en lugar de ello son bienvenidos, se exploran y se acompañan hasta que aparece durante el proceso, una luz, una dirección nueva, un aprendizaje.



Con frecuencia en la vida cotidiana, y hasta en las telenovelas, cuando aparecen experiencias difíciles y dolorosas cargadas de emoción es común observar a los interlocutores responder atropelladamente de mil formas todas automáticas y bloqueadoras. Difícilmente se llega a observar a alguien dispuesto y preparado a responder “silenciosamente” con confianza básica en el proceso y en el contacto emocional que permita reconocer y aprovechar así la oportunidad para darle la bienvenida más cordial al momento de sentimiento fuerte. En lugar de ello tiramos el diamante al caño; utilizamos un variado repertorio de respuestas que sólo tienen algo en común: negar, evitar o por lo menos limitar el contacto y expresión emocional. Estas intervenciones conllevan un mensaje de desconfianza básica en los sentimientos fuertes:



–Tranquilízate.



–Todo va a estar bien.



–Relájate.



–No llores mi amor se te va a correr el rimel.



–Si vas a empezar a llorar mejor me voy.



–Yo también me pongo triste cuando te veo así.



–Tienes que ser fuerte.



–No llores.



–No tienes porqué sentirte así.



–Tus hijos tienen que verte fuerte en estos momentos.



Parece ser que en lugar de confianza básica en la exploración y acompañamiento de un sentimiento fuerte, existe más bien desconfianza básica; De pronto emergen en dichas circunstancias toda una serie de “viejos aprendizajes” cuyo mensaje hablado o no hablado pero finalmente transmitido de mil maneras, durante la infancia y juventud, fue: no expreses, no hables, no toques sentimientos, puede ser peligroso, mejor tranquilízate, ponte la mascara, etc.



Quienes son “pobres expresadores” de sentimientos fuertes también en su momento son “pobres escuchadores”: Cuando sus propios hijos o parejas empiezan a sentir dolor y emociones fuertes, sienten entonces miedo, se sienten torpes para escuchar con la mente en paz; sienten que el otro está en riesgo de desmoronarse de ser arrastrada por la crisis y entonces ¿que va a pasar? Deciden que la mejor manera de ayudar –tan bien intencionada como primitiva– es parar cuanto antes dichas manifestaciones “histéricas, inmaduras, irracionales, etc.”.



Alvin Mahrer ha dicho que cada día la vida nos da el regalo de proporcionar sentimientos fuertes y cada uno de ellos es un camino potencial al crecimiento pero desgraciadamente en lugar de aprender a registrarlos para explorarlos en su oportunidad, desaprovechamos el regalo; los dejamos pasar; los ignoramos; nos enojamos con ellos; los vemos como una maldición pues nos alteran y entonces perdemos la oportunidad de convertirlos en crecimiento puro. Mahrer, creador de uno de los modelos terapéuticos más innovadores así como de la “ultima teoría importante de la personalidad del siglo XX”, (Corsinni 2004) ha vaticinado que un día la psicoterapia será obsoleta cuando las personas aprendan por sí mismas –sin necesidad de especialistas sabios que desde afuera les digan cual es su problema y cual es su solución– a conectar, integrar y aprender de sus sentimientos fuertes.



En el espíritu del diálogo, es absolutamente más importante entrar al mundo del otro y entenderlo, que cambiarlo. Así pues, cuando un MSF es expresado y escuchado experiencialmente, es decir, cuando es penetrado, explorado y bienvenido de manera incondicional, de pronto, por extraño que parezca, se abren nuevas ventanas a la percepción, y entonces, con frecuencia de imprevisto, las cosas se comienzan a ver de otra manera, más integrada y constructiva.



Así entonces, la concepción oriental de la crisis como riesgo y a la vez como oportunidad de pronto se convierte en una posibilidad totalmente accesible y práctica. Alvin Mahrer nos muestra cuán poderoso y sencillo puede ser el camino de convertir en realidad concreta un concepto bonito; cómo hacer de una crisis, un dolor, un sentimiento desagradable, una verdadera oportunidad.



¿Cómo se elabora una escena de sentimiento fuerte? Durante el proceso de escribir este libro fuimos explorando, aclarando y finalmente documentado la importancia de los MSF en el desarrollo de los Espacios Protegidos del Diálogo. Descubrimos gradualmente que cuando en un intercambio los dialogantes se concentran exclusivamente en la experiencia de compartir un sentimiento fuerte –y nada más–, el poder del diálogo se multiplica sorprendentemente. Aun cuando no estén todos “los cuatro elementos” (pensamientos, sentimientos, descripción de hechos, deseos y expectativas), los dialogantes en este atajo experiencial se limitan con flexibilidad a compartir escenas de sentimientos fuertes que incluyen la descripción de escenas o hechos exteriores (el lugar, las personas presentes, las palabras, etc.), así como también la descripción de los sentimientos y sensaciones internas de quien comparte (siento miedo, una sensación de opresión en el pecho, se me cierra la garganta, etc.). Reconocer y describir con honestidad y transparencia estas escenas de sentimientos fuertes sin quererlos explicar ni justificar, es a la vez sorprendentemente sencillo y poderoso. La consigna es simple y directa: Sólo describe como te sientes en determinada escena “de sentimiento fuerte” y por un momento renuncia a tratar de convencer de nada al otro.



Scott Peck, por ejemplo, sostiene que en el proceso de convertirse en verdadera comunidad –el grado máximo de desarrollo de un grupo– las personas aprenden a no perderse en conceptos e ideologías sino a concentrarse en compartir humildemente su experiencia.[7] Los conceptos son debatibles, las experiencias no; simplemente son como son.



Así pues, cuando tanto quien escucha como quien habla es capaz de enfocar su atención, de una manera cuidadosa y especial, en la experiencia emocional y dentro de ella, en los momentos específicos o escenas “de sentimiento fuerte”, entonces el poder transformador de dicho diálogo se expande.



La exploración de los sentimientos fuertes tal como surgen, en un espacio de total libertad y seguridad psicológica puede convertirse en una experiencia profunda de cambio transformacional (Mahrer 2003) o cambio de tercer orden (Michel y Chávez 2004; Chávez y Michel 2008).



Para extraer toda la riqueza de un sentimiento fuerte compartido es necesario realizar de manera experiencial tanto la función de escuchar como la de expresar. El lenguaje experiencial es diferente a muchos otros tipos de lenguaje (lenguaje, causal, narrativo, explicativo, etc.) El lenguaje experiencial es profundamente fenomenológico –descriptivo– y utiliza casi exclusivamente el tiempo presente aunque se refiera a eventos del pasado. Evita utilizar adjetivos y calificativos; describe la experiencia interna sin matices, sin evaluación, sin juicio, sin crítica, aprobación o rechazo. El lenguaje experiencial no utiliza términos de causalidad –por tu culpa, porque, a causa de, etc–, simplemente describe en tiempo presente una secuencia –de hechos externos y de experiencias internas: sentimientos, sensaciones emociones– sin establecer relaciones “determinísticas”. Utiliza más el cuando que el porqué. Por ejemplo en lugar de expresar: Me sentí mal por tu culpa, porque no llegaste; has de andar con otra, etc., describe en el aquí y ahora una secuencia: Por teléfono a mediodía te escucho decir “ahí estoy temprano antes de las ocho para ir a cenar”… cuando veo el reloj en la tarde, ya son las siete y media; me comienzo a arreglar para estar lista para cuando tú llegues. Estoy esperando que llegues desde las siete cincuenta de la noche; dan las ocho y las nueve y las diez y ahí estoy con un sentimiento de enojo y tristeza, me doy cuenta de una opresión en el pecho y comienzo a imaginar que andas con alguien más, etc. Mi momento de sentimiento más fuerte es cuando estoy tirada en la cama, toda ansiosa, con el control de la tele cambiando de un canal a otro, no me puedo concentrar en nada y en eso –cuando– suena el teléfono, creo que eres tú …pero ¡no! …es mi amiga Tere que me pregunta: ¿otra vez te plantaron? Siento crueldad; me da mucha vergüenza… ese es el momento más fuerte. PUNTO.



Al comunicarse en lenguaje experiencial el emisor –sin importar cuan verborreico o escueto sea en su vida cotidiana– se ve grandemente facilitado por este sencillo y poderoso recurso; se mantiene conectado a su experiencia, no tiene que explicar, justificar, cuestionar nada; no tiene que desconectarse de sus sentimientos para conectarse con su mente analista y racional, tan dada al juicio y a la lógica. ¡Por el contrario! Sólo tiene que, por un momento al menos, “desconectarse de su cabeza para conectarse con su corazón”; solo tiene que describir simplemente lo que pasó afuera y lo que sintió adentro (no lo que debió haber pasado ni lo que tendría que haber sentido).



En el lenguaje experiencial el emisor describe Y PUNTO.



Al así hacerlo, permite al receptor convertirse en algo más que un traductor de texto, en un decodificador del lenguaje verbal. El diálogo experiencial hace mucho más que eso: el lenguaje experiencial permite la resonancia –¿mórfica?–[8] de dos personas diferentes que por un momento se conectan. Por momentos, tal como lo ha descrito Mahrer en su modelo terapéutico, ambos están resonando en una misma vivencia, se convierten en la misma experiencia; por un momento el esposo es la experiencia de angustia y profunda decepción de ella cuando el martes pasado –es decir “hoy martes pasado”– ella se queda esperándolo par salir a cenar. O cuando el sábado en la noche mientras él está dormido de borracho, ella está revisando su teléfono celular a las dos de la mañana y en él se encuentra un recado amoroso dirigido a otra mujer.



–Son las dos de la mañana y justamente acaba de ocurrir esto que tanto he temido –continua ella su relato en tono estrictamente experiencial– quisiera que todo fuese un sueño y, sin embargo, aquí estoy como golpeada por un rayo viendo el recado en el celular.



Él está escuchando esta experiencia y, en lugar de defenderse o justificarse, se comienza a imaginar la escena, se mete a ella y permite, sin saber muy bien cómo ocurre el fenómeno, que la experiencia de ella pase a través de su cuerpo y lo atraviese. Por un momento a pesar del momento de aparente antagonismo, dos personas con historias y “formas biológicas” bien diferenciadas, coinciden en una sola conciencia. Él, en ese momento, sólo es la caja de resonancia de una mujer –con el corazón destrozado y con unas profundas ganas de desaparecer de la faz de la tierra– sentada en una silla verde despintada y con el teléfono de su esposo en la mano. Escuchar y expresar experiencialmente, por un instante, son la misma cosa: dos personas hablando en tiempo presente, sentados en la silla verde del baño, con un teléfono en la mano, con una gran decepción en el corazón. Los dos son de pronto la misma experiencia, los dos están sintonizados en algo que aunque ocurrió hace dos semanas o tres meses, de pronto… está ocurriendo aquí y ahora.



–Al ver el cellular –refleja él en voz baja– te estás enterando de esa llamada. Sientes la mandíbula apretada mientras lees el mensaje enviado por otra mujer: “¿Cómo has estado hoy mi amor?” No lo puedes creer. Hoy te das cuenta de que no eres la única personas que lo llama: mi amor. Me imagino una decepción y una rabia profunda.



El escuchar y el expresar experiencial son algo muy cercano a lo que hacen los grandes novelistas cuando transportan al lector justo a las escenas de sentimientos fuertes, donde de pronto todo es presente: el lector y la escena descrita son una misma cosa. Quien habla lo hace en tiempo presente; y quien escucha lo hace en tiempo presente. Pareciera que los dos son, por un instante, la misma persona. No hay juicio, no hay censura, tampoco hay aprobación ni aplausos. Sólo la experiencia reconocida y honrada tal como es.



Utilizar el atajo del diálogo experiencial puede llegar a convertirse en una de las experiencias más gratificantes, más constructivas, y de mayor impacto para el desarrollo de la conciencia y del crecimiento personal y familiar. El diálogo experiencial es increíblemente sencillo, engañosamente fácil, y a la vez sorprendentemente raro como recurso cotidiano en la vida de la familia y la pareja.



Incorporar los espacios protegidos para el diálogo (EPD) de manera sistemática, a una nueva cultura de la relación de pareja familia[9] puede ser una experiencia transformadora; puede ser el inicio del cambio de adentro hacia afuera.



Si bien el EPD es una práctica estimulante en tiempos de paz y relativa ausencia de conflictos y crisis, su establecimiento como un ejercicio sistemático y de rutina semanal, quincenal o mensual; resulta más que aconsejable, vital especialmente cuando aparecen los desacuerdos y problemas. Si alguna oportunidad tiene la relación de crecer a partir de la crisis, es precisamente a partir de su disponibilidad para no dejar pasar mucho tiempo y concentrarse humilde y poderosa-mente en la expresión y escucha experiencial de los sentimientos fuertes que van surgiendo de una y otra parte. Después de la escena del teléfono, por ejemplo, es posible que ahora ella comience a escuchar y sorprendentemente, a conectarse con otra escena: Ahora él esta hablando y ella resonando en la escena cuando él llega después de un viaje largo y su oficina está toda revuelta, su secretaria le informa que anteayer llegó su esposa y revolvió todo



–Ahí estás –dice “experiencialmente” la mujer, dirigiéndose al marido– sentado sobre tu escritorio todo revuelto sintiéndote totalmente invadido, humillado; en tu propia oficina. Te sientes ante toda tu gente sin ninguna autoridad. Te sientes el centro de la burla. Sientes en el estómago que algo se revuelve; es algo entre una tristeza profunda y un enojo enorme. En ese momento quisieras ahorcarme, estás temblando. Te imaginas la cara de todos en la oficina diciendo: ni su mujer lo respeta. Te sientes verdaderamente humillado devaluado ante los demás.



Después de reconocer –tal como ella lo hizo en su momento con él– que su mujer realmente le describió y reflejó su experiencia aun con mayor exactitud y profundidad, la sesión del diálogo de ese día se da por terminada. Durante ese intercambio ambos renunciaron a cambiar o a solucionar nada; renunciaron a hacer y a contestar preguntas. Mientras él escuchaba a su mujer en diversos momentos estuvo tentado a decir pues mejor terminemos, así no funciona la cosa, si no me respetas mejor me voy, y cosas por el estilo. Ella también se vio tentada a mandarlo al ultimo infierno, sin embargo el compromiso que habían establecido fue de escucharse durante tres meses antes de decidir nada, durante ese tiempo no tenían que elegir ni siquiera perdonarse, separarse, o contentarse. El único compromiso fue mantener el diálogo; lo demás se acomodaría por sí mismo.



Si en una situación de crisis cada persona puede concentrarse exclusivamente en compartir una experiencia de sentimiento fuerte; si dicha expresión se hace en lenguaje experiencial, es decir descriptivo, exento de juicios, explicaciones y análisis; entonces es muy posible que esas dos o más personas involucradas en el diálogo –que usualmente se hubiesen relacionado a través del debate, la agresión, la justificación, la competencia, y la exhibición de desacuerdos e incompatibilidades, etc.– de pronto sin negar o soslayar lo que las hace diferentes ¡sí! de pronto se pueden conectar en ese espacio profundo de unidad y ahí se convierten en la misma experiencia. Parece algo incompatible y excluyente eso de estar separados y unidos a la vez, y de pronto es posible. Ceja Gallardo sostenía que en el momento del diálogo una pareja pude alcanzar el máximo de unidad y el máximo de individualidad.



Después de un proceso de diálogo es posible que algunas parejas lleguen a la decisión de tomar caminos distintos, sin embargo, aun entonces la separación se lleva a cabo desde un espacio de aceptación y aprendizaje. Parece una utopía tan lejana, y a la vez está tan cercana, tan fácil y tan difícil.



Resultados de la Práctica del Dialogo Protegido.



Para documentar el efecto de la práctica del dialogo en el interior del hogar realizamos una investigación preliminar con un grupo de treinta parejas que solicitaron ayuda profesional ante la aparición de algún tipo de crisis con relación a un hijo problema, a una infidelidad, a una experiencia de violencia física o psicológica, a un amago de divorcio, etc. En este estudio las treinta parejas invitadas a practicar “el diálogo experiencial protegido” fueron posteriormente clasificadas, de acuerdo a su evolución, en cinco grupos, de seis pares. Cada uno de estos 5 grupos representó pues un diferente nivel de cambio registrado después del tratamiento en la calidad de su relación (en términos de cercanía con el conyugue, satisfacción personal, gusto e iniciativa por buscar y pasar tiempo con la pareja, mayor libertad para compartir –escuchar y expresar– experiencias significativas).



Un hallazgo especialmente significativo para nosotros fue que el grupo de mejores resultados en su calidad de relación fue asimismo el grupo con significativamente mayor promedio de diálogos protegidos por semana (1.4). De este grupo de alta calidad, la pareja que más diálogos tuvo, promedió 2.3 por semana; y la pareja que registró menos diálogo fue de .8 por semana. En otras palabras cada una de estas seis parejas “de alto rendimiento” llevó a cabo su diálogo en espacio protegido por lo menos una vez cada quince días. Por otra parte el grupo peor evaluado –con las calificaciones más bajas en calidad de relación– en promedio sólo llevó su diálogo protegido en promedio .3 veces al mes es decir solamente una vez cada tres meses. En el periodo de tres meses que duró el proceso de tratamiento e investigación de este último grupo de “parejas reprobadas” hubo quienes no fueron capaces de hacer por su cuenta ni una sola vez su diálogo en espacio protegido. La mejor pareja en este grupo de bajo rendimiento apenas hizo dos prácticas en tres meses.



En otras palabras el cambio reportado por las parejas no muestra relación significativa con otros aspectos o variables como lo es la gravedad de su problema, lo cerca que habían reportado estar del divorcio, el grado de agresión, de distanciamiento. Tampoco la edad ni el tiempo de vivir en pareja fue determinante: Hubo parejas de más de setenta años de edad promedio y de menos de treinta en ambos grupos (tanto en el de alto como en el de bajo rendimiento). El éxito del tratamiento, que finalmente no lo hizo el terapeuta sino la misma pareja, estuvo relacionado básicamente con el establecimiento sistemático de los espacios de diálogo protegido cuyo entrenamiento no requiere de más de un par de sesiones (o tal vez, de la lectura conjunta y minuciosa de este libro o de algún otro material autodidáctico). El hallazgo de esta investigación nos ha llevado, en nuestra práctica como terapeutas de pareja, a decirles a nuestros clientes: Llueve, truene, relampaguee, estés contento, sentido, con ganas de castigarlo, tierno, furioso, o desconfiado con ella, etc: Si no puedes hacer esta practica por lo menos unas cuantas sesiones; mejor ya no vengas, mejor no desperdicies tu dinero, ni tu tiempo, ni el nuestro. Luego les advertimos que si llegan a la quinta o sexta sesión “sin rajarse” probablemente comiencen a vislumbrar la dirección del cambio y a cosechar los frutos de hablar con libertad y entender cosas que jamás habían entendido cabalmente del otro. Finalmente, –les advertimos con toda claridad– que tal vez en la segunda, tercera o cuarta sesión, uno de ellos se encuentre muy, pero muy tentado a usar la invitación al diálogo como instrumento para castigar al otro –como un resabio de conciencia primitiva; como un acting out ni más ni menos–: Si no vas a cambiar;¿ para que sirve esto? si no me vas a pedir perdón ¿cuál es la utilidad? Tú, el diálogo y ese estúpido libro no sirven para nada, etc. Este es justamente un momento crítico para seguir o no con la nueva consigna de: Sólo por hoy renuncio a cambiarte y sólo por hoy pongo mi energía en entenderte.



Especialmente cuando a partir de una crisis, la pareja hace por primera vez en su vida el intento de dialogar se le pide tomarse unos minutos en la lectura de la oraciones descritas en páginas anteriores (de la escucha y de la expresión) Este ritual de lectura previa se sugiere por lo menos para las diez primeras sesiones de dialogo.



No renuncies ni te comprometas a cambiar nada, ni siquiera a quedarte… o a irte; durante seis o quizás diez sesiones dispón toda tu atención a contactar tu experiencia y a entrar al mundo del otro; honra el tiempo de hablar y el tiempo de escuchar. Permite que la dirección del cambio se vaya esbozando suavemente.



El desarrollo, investigación y seguimiento preliminar de esta propuesta nos estimula profundamente a continuar en nuestra búsqueda sobre el impacto del diálogo en la calidad de la relación de pareja. Vemos asomarse una nueva posibilidad en la promoción de un recurso poderoso en manos de la familia: “el espacio protegido del diálogo” para la promoción de la conciencia individual sin la cual cualquier cambio social es efímero.



Por décadas algunos celosos profesionistas de la salud mental han defendido la exclusividad en el tratamiento de los problemas emocionales. Muchos de ellos se hacen especialistas en la patología aunque desconocen tanto el término como la aplicación de la fortología y de la nueva psicología positiva ocupada en el estudio y promoción de los recursos de la persona. Por nuestra parte podemos entender una preocupación válida de ser profesionales y hacer las cosas bien. Reconocemos la utilidad de especialistas con experiencia para acompañar y ayudar a las personas a superar sus problemas y carencias emocionales. Sin embargo, por nuestra parte nos inclinamos a propuestas más ambiciosas en la promoción de la salud mental en contraste con enfoques centrados tanto en la patología como en el tratamiento individual. Nuestra propuesta le regresa a la gente el poder de sanarse y de crecer en conciencia en el mismísimo seno de una relación de pareja y de familia.



Como ya lo hemos consignado, resulta abrumadora la velocidad con la que se transmiten las experiencias traumáticas –de padres a hijos, de maestros a alumnos, de mayores a menores, de fuertes a débiles, de hombres a mujeres, etc –. Cada día millones de niños, jóvenes y adultos son abusados, invalidados, no escuchados, agredidos, hostigados en el seno de la familia de diferentes formas que dejan huella. La promoción de la salud mental de pronto resulta profundamente elitista e insuficiente. Aun las cuotas más módicas que pudieran cobrar algunos terapeutas para muchas personas están fuera de su alcance, amén de que una gran variedad de tratamientos –farmacológicos y psicológicos– muestran con frecuencia resultados raquíticos.



Con esta propuesta, accesible a cada pareja y familia dispuesta a probar, tal vez –¿por que no?– estemos acariciando la posibilidad vaticinada por Mahrer cuando en el 2005 sentencio que un día la psicoterapia sería obsoleta cuando las personas vivieran transformaciones profundas en su conciencia a través de hacer sus propios viajes por los senderos de la exploración profunda de sus sentimientos.



Y EL SEÑOR DIJO



Te prestaré por un tiempo un hijo mío, para que lo ames mientras viva. Podrán ser seis o siete años, veinte o treinta. Hasta que lo llame.



Podrás cuidarle, quiero que aprenda a vivir,le he buscado un maestro y te he elegido a ti. Lo enseñarás.



No te ofrezco que se quedará, sólo te lo presto porque lo que va a la tierra a mi regresa.



El te dará la ternura, la alegría y todos los encantos de su inocencia, y el día que lo llame, tu no llorarás ni me odiarás por regresarlo conmigo.



Su ausencia coorporal quedará compensada por los muchos y bellos recuerdos y con ello tu luto será más llevadero y habrás de decir con agradecida humildadd:¡Señor,hágase tu voluntad…!



 

[1] Terapia de Reconstrucción Experiencial (Michel y Chávez, 2005) ver capítulos 7 y 8.



[2] Nuestra propuesta de diálogo está inspirada en la práctica de los círculos de aprendizaje interpersonal, así como en las ideas de autores como: Rosemberg, Rogers, Lafarga, Mahrer y David Bohm



[3] Watzalwick en sus axiomas de la comunicación da cuenta de los niveles y patrones de comunicación en la interacción humana.



[4] Compartir un sentimiento fuerte, por sí solo puede ser el recurso más poderoso del diálogo. Muchos hombres y algunas mujeres tienen dificultad para conectar sus sentimientos y les es mucho más fácil hablar de lo que piensan que de lo que sienten. Para ellos es una experiencia poderosa y a la vez facilitadora el simplemente compartir una escena de sentimiento fuerte sin más nada, si quererla explicar, justificar, sin usar deberías, etc. Invitamos al lector a darse la oportunidad e ir directamente al grano y simplemente compartir un MSF –en un espacio protegido—y entonces decidir si vale o no la pena.



[5] Así como en el capítulo II mencionamos las respuestas automáticas bloqueadoras (RAB´s) de la escucha; en esta ocasión nos referimos al mismo efecto bloqueador de dichas respuestas cuando llega el “tiempo de expresar”.



[6] Una crisis con sus variadas formas representa en el lenguaje de Prigogine un “bombardeo de información”. Así una guerra, una catástrofe natural, una muerte, un conflicto una enfermedad una experiencia cercana a la muerte, etc., son todas situaciones de crisis, de bombardeos de información que tienen el potencial de llevar a la destrucción o a la evolución y desarrollo. En esta misma linea, para Barbara Marx Hubbard (1993) cada crisis es una oportunidad equiparable a un nacimiento.



[7] Por ejemplo, en un intercambio en lugar de hablar y discutir sobre el divorcio, en términos de ser algo bueno o malo, “que yo defiendo o condeno”, las personas se limitan exclusivamente a compartir “cómo me fue a mi, cual fue mi experiencia cuando yo o mis padres se divorciaron, etc..



[8] Por un lado Rupert Sheldrake ha recoceptualizado los el fenómenos de percepción extrasensorial, –como la telepatía– como ejemplos de resonancia mórfica, lo cual sugiere que los organismos son capaces de resonar como campos mórficos conectados entre sí. En el nivel subatómico o quántico de la materia así mismo se ha documentado el fenómeno de interconexión cuando en 1997 partículas subatómicas, llamadas fotones, separadas a millas de distancia siguen conectadas: En el justo instante que uno de los fotones es cambiado de estado quántico –algo equivalente a cambio de po-laridad–, el otro “hermano distante” hace lo correspondiente.



[9] En las organizaciones y ambientes de trabajo esta misma idea es explorada a partir de los círculos de de aprendizaje interpersonal (CAI) y de retroalimentación (CR) esbozados en el libro “En Busca de la Comunidad” (S. Michel: Ed. Trillas, 2008)